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Cómo se construye un catálogo sísmico histórico

Un catálogo sísmico parece una lista de hechos: fecha, lugar, magnitud. En realidad es un documento construido, con decisiones metodológicas en cada línea. En el caso de los sismos anteriores a la instrumentación, cada uno de esos números es una estimación reconstruida a partir de documentos escritos.

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Dos catálogos, dos lógicas distintas

Un catálogo instrumental se construye a partir de registros de sismógrafos y acelerógrafos. Cada evento queda definido por su tiempo de origen, su latitud y su longitud, su profundidad y una magnitud calculada a partir de las amplitudes y los períodos registrados en varias estaciones. Los parámetros se obtienen mediante procedimientos numéricos y son reproducibles: si se revisan los datos, la solución puede recalcularse y compararse con la anterior.

Esa capacidad es reciente. Los primeros sismógrafos capaces de registrar sismos lejanos aparecieron a finales del siglo XIX, y la cobertura mundial solo se volvió razonablemente uniforme con las redes estandarizadas desplegadas a mediados del siglo XX. Antes de eso, un sismo podía ocurrir sin que ningún instrumento lo registrara, o quedar registrado por tan pocas estaciones que su localización resultara muy imprecisa.

Un catálogo histórico o macrosísmico responde a otra lógica. No reconstruye el movimiento del suelo, sino sus efectos, a partir de testimonios escritos: actas, cartas, periódicos e informes de daño. De esos efectos se deduce dónde y con qué fuerza se sintió el sismo, y de esa distribución se infiere una localización aproximada y una magnitud estimada. No hay medición directa del fenómeno, sino una inferencia sobre él.

La frontera entre ambos mundos no es nítida. En los primeros decenios del registro instrumental las estaciones eran escasas y los relojes poco precisos, de modo que muchos eventos de esa época siguen revisándose hoy con el mismo tipo de razonamiento que se aplica a los históricos. Un catálogo moderno es, en la práctica, una mezcla de mediciones, estimaciones y correcciones acumuladas a lo largo de décadas.

Los archivos: de dónde sale realmente la información

El trabajo comienza en los archivos, no en los laboratorios. Los libros parroquiales y las actas de cabildo son fuentes de primer orden: registran procesiones, rogativas, daños en templos, reparaciones costeadas por la comunidad y disposiciones de las autoridades locales. También aportan los protocolos notariales, donde quedaron asentadas compras de materiales, contratos de obra y testamentos que a veces mencionan un temblor reciente. Una iglesia que pide limosna para reconstruir su techo después de un temblor deja, sin proponérselo, un dato sismológico.

A esas fuentes se suman los archivos diocesanos, que centralizan la correspondencia sobre el estado de los templos y las reparaciones emprendidas. Están también los archivos de gobierno: informes de gobernadores, actas de juntas, correspondencia entre autoridades, inventarios de daños y comisiones creadas para evaluar las pérdidas. A ellos se añaden las memorias de obras públicas y los expedientes de reconstrucción, que suelen contener estimaciones de costo y descripciones de lo que se cayó. En muchos casos el documento no dice que hubo un terremoto. Describe una ruina y su fecha, y esa descripción es la que debe interpretarse.

La prensa es otra fuente central a partir del siglo XIX. Su cobertura, sin embargo, depende de que exista una imprenta y de que el evento haya sido considerado noticioso. Los periódicos de la época solían publicar listas de daños, bandos de la autoridad y cartas de lectores que describen lo que sintieron. Para el litoral y los puertos, los diarios de navegación y los registros de capitanes aportan observaciones de oleajes anómalos, cambios en la costa o movimientos sentidos a bordo. En ocasiones son la única evidencia disponible sobre un sismo ocurrido mar adentro.

Los relatos de viajeros, naturalistas y científicos añaden descripciones valiosas, sobre todo cuando recorrieron la región poco después de un evento y anotaron el estado de las construcciones. Ninguna de estas fuentes basta por sí sola. El historiador de la sismicidad las cruza, compara versiones, descarta duplicados y solo entonces propone una fecha, un lugar y un tamaño para el evento.

El sesgo del archivo es inevitable y conviene tenerlo presente. Se conserva mucho más de las ciudades con administración estable, imprenta y clero letrado que de las zonas rurales, indígenas o de frontera. Un sismo que destruyó un caserío sin iglesia ni autoridad que lo reportara puede no aparecer nunca en el catálogo, no porque no ocurriera, sino porque nadie dejó constancia escrita de él.

De la descripción de daño a la intensidad y a la magnitud

El primer paso consiste en convertir un texto en un número. Las escalas de intensidad, como la de Mercalli Modificada, describen grados sucesivos de efectos: si el sismo fue percibido, si se movieron los objetos, si se agrietaron los muros, si cayeron cornisas, si colapsaron estructuras. El analista lee el relato y decide en qué grado encaja mejor, procurando aplicar criterios comparables entre documentos y entre países.

Esa asignación es un juicio, no una medición. Depende de la calidad del relato, del tipo de construcción descrito y de la sensibilidad de quien lo escribió. Un mismo texto puede sostener dos intensidades vecinas, y la frontera entre un grado y el siguiente es difusa por construcción, porque las escalas describen efectos observables y no una magnitud física del temblor.

Con intensidades asignadas en muchas localidades se construye un mapa de isosistas: líneas que unen puntos de igual intensidad. La forma de esas curvas sugiere dónde estuvo el epicentro y qué tan rápido decayó la sacudida con la distancia. A partir de esa geometría y de relaciones empíricas entre intensidad, distancia y tamaño del evento, se estima una magnitud para el sismo.

La inversión es donde se acumula la incertidumbre. Influyen cuántos puntos de intensidad existen y cuán bien repartidos están, cuánta confianza merece cada asignación, qué profundidad se supone para el evento, qué condiciones de suelo se adoptan y qué relación empírica se elige. Distintos equipos de trabajo, con los mismos documentos a la vista, pueden llegar a magnitudes que difieren en varios décimos de unidad, y esa diferencia no es un error de nadie.

De ahí la recomendación práctica para quien consulta estos datos: una magnitud preinstrumental debe leerse como una estimación con un rango asociado y no como una medición. Cuando un catálogo publica un valor con un decimal, esa precisión aparente suele ser una convención de formato. No equivale a una afirmación sobre la exactitud real del número. Lo mismo vale para la profundidad y para la localización del epicentro, que en eventos antiguos pueden ser aproximadas. Conviene, por tanto, citar el rango cuando se menciona la cifra.

Completitud, revisión y lectura responsable del catálogo

Un catálogo no es la historia completa de la sismicidad de una región: es la historia de la sismicidad registrada. Los sismos pequeños y los muy distantes se pierden de forma sistemática en los registros antiguos, porque nadie los sintió o nadie consideró que valiera la pena anotarlos. Existe por tanto una magnitud por debajo de la cual el catálogo está incompleto, y ese umbral cambia con la época y con la región.

La consecuencia es directa para la evaluación de la amenaza. Si se calculan intervalos de recurrencia contando los eventos de un catálogo incompleto, el resultado queda sesgado: parecerá que los sismos grandes son más raros de lo que son, o que la actividad aumenta con el tiempo, cuando lo que mejora es la capacidad de detectarla. Los estudios de amenaza corrigen ese efecto antes de estimar tasas.

Además, los catálogos se revisan y se armonizan de forma continua. Los centros regionales y globales reasignan magnitudes a una escala común, relocalizan eventos con técnicas modernas, resuelven duplicados —el mismo sismo anotado dos veces con fechas o nombres distintos— y depuran fechas dudosas. Que un valor cambie entre ediciones no indica un fallo: indica que el catálogo es un producto científico vivo.

Los terremotos de Caracas de 1812 y de Cúcuta de 1875 son ejemplos claros de eventos preinstrumentales cuyos parámetros se reconstruyeron de este modo. Ambos figuran en los catálogos regionales como sismos destructivos y sus fechas se citan de manera consistente, pero su magnitud, su profundidad y hasta el detalle de su hora proceden de la interpretación de documentos, no de un registro instrumental. Es normal, y esperable, que distintos catálogos no coincidan en todos sus parámetros.

Este material es educativo y no anticipa ni predice sismos. Ningún catálogo, por completo que sea, permite saber cuándo ocurrirá el próximo evento. Para información oficial sobre la actividad sísmica y sobre el riesgo de una zona concreta, la referencia son FUNVISIS en Venezuela, el Servicio Geológico Colombiano y las autoridades de protección civil. Cuando se trata de una edificación específica, la evaluación corresponde a un profesional calificado.

Fuentes

  • › USGS — Historic Earthquakes and Earthquake Catalogues
  • › Servicio Geológico Colombiano — Catálogo de sismos históricos de Colombia
  • › FUNVISIS — Catálogo Sismológico Histórico Nacional de Venezuela
  • › ISC-GEM — Global Instrumental Earthquake Catalogue (International Seismological Centre)
  • › USGS — Modified Mercalli Intensity Scale